Análisis antropológico sobre los restos de Juan II, Isabel de Portugal y el infante Alfonso


Regresé de mi descanso estival. No viajé a ningún lugar exótico ni de gran interés así que no voy a comentar mis vacaciones ya que las he dedicado simplemente al descanso.
Podría citar algunas noticias históricas sucedidas durante mi ausencia de la blogosfera, como la catástrofe, que ha afectado en todos los ámbitos, sucedida en Grecia. Pero voy a publicar una noticia que he leído hoy mismo en la edición electrónica del Diario de León.

En el artículo, se comentan el resultado de los últimos estudios antropológicos llevados a cabo sobre los restos óseos de los que fueran padres (Juan II de Castilla e Isabel de Portugal) y hermano (el infante rey Alfonso) de Isabel I de Castilla, conocida universalmente por Isabel "la Católica", que yacen en el panteón real de la Cartuja de Miraflores (Burgos).
Los estudios, llevados a cabo por encargo de la Junta de Castilla y León, han sido dirigidos por los profesores Luis Caro y María Edén Fernández, y han colaborado entre otras entidades la Universidad de León, el Instituto toxicológico de Madrid y la Universidad del País Vasco.

Los estudios han aportado más datos sobre la apariencia física y las causas de la muerte de la familia real castellana, pero considero excesivo el titular dado por la prensa. O bién en la redacción del artículo han omitido datos importantes, o no me explico como la reconstrucción del posible aspecto de Juan II pueda "cuestionar toda la historia oficial de Isabel I y Enrique IV" (quizá sea por el "misterioso dedo gordo"). A continuación publico el fragmento del artículo:

Tres reyes

Para empezar, la investigación ha certificado que los cuerpos que descansan en el templo cartujo son realmente los que pertenecieron a los tres personajes citados. Así lo ha demostrado el estudio genético, que ha probado que los restos de Alfonso tienen el mismo ADN mitocondrial que los huesos de la mujer enterrada junto a Juan II.

Llegados a este punto, es hora de recordar la historia. Estamos en el siglo XV, en una encrucijada cuya solución puede llevar a España a encaminarse hacia futuros diametralmente distintos. Al morir Juan II, sube al trono el que reinará como Enrique IV, hijo de Juan y de María de Aragón. Tras un matrimonio anulado por el Papa -el enlace no llegó a consumarse- contrae segundas nupcias con Juana de Portugal. De este enlace nacería Juana, apodada para siempre la Beltraneja, por la creencia -apoyada en la cacareada impotencia del rey- de que era, en realidad, hija de Beltrán de la Cueva. Ante la insistencia de la nobleza, Enrique IV acepta nombrar heredero a su hermano, el infante rey Alfonso, cuyo ordinal, según muchos historiadores habría sido XII, hecho que modificaría el nombramiento de los siguientes monarcas de este nombre.

Tras la muerte de éste (muerte cuya causa se desconoce) Enrique firma con su hermanastra Isabel el Tratado de los Toros de Guisando, según el cual nombrará heredera a Isabel, dejando a su hija Juana fuera de la sucesión. A cambio, la futura reina se compromete a no casarse sin la aprobación del rey.

Pasa el tiempo y llegamos a 1469, año en el que Isabel contrae matrimonio secreto con
Fernando de Aragón. Enrique considera roto el acuerdo y proclama a Juana heredera al trono. Su muerte provoca la guerra civil entre los partidarios de Isabel y Juana, guerra cuya suerte se decidirá en la batalla de Toro el 1 de marzo de 1476. Detrás de estos veinte años de historia subyacen intrigas, conjuras palaciegas, conspiraciones y, tal vez, asesinatos. En este punto, hay que destacar cómo Antonio Gala asegura en su último libro, El pedestal de las estatuas , que Isabel envenenó a su hermano Alfonso con el fin de allanar su camino hacia el trono. Otros muchos creen que los culpables fueron los partidarios del rey. El hecho cierto es que el infante Alfonso murió en un periodo de cinco días en pleno enfrentamiento con su hermano Enrique. El infante Alfonso, que se encuentra refugiado en la provincia de Ávila, muere en la ciudad de Cardeñosa a los 14 años de edad. En principio se quiso achacar su muerte a la peste, pero el médico que estudia el cadáver acabó con las sospechas: «Ninguna señal de pestilencia en él apareció».

El caso cierto es que los análisis toxicológicos practicados en los restos de Alfonso no revelan existencia de sustancia alguna que pueda confirmar que murió envenenado. No obstante, no se puede asegurar que su muerte se debiera a causas naturales, puesto que los restos se encontraban en un ataúd afectado por la humedad, el mayor enemigo para la conservación de los restos, y, además, podría haberse tratado de un veneno indetectable. Por lo tanto, el caso sigue abierto.

El cráneo de un rey


Por eso, el meollo de la investigación se encuentra en el estudio de Juan II, hallado prácticamente entero, lo que ha permitido estudiar por primera vez los rasgos anatómicos y antropológicos de un rey, su retrato físico. Hay que subrayar que el cuerpo del monarca se encontró en una urna de madera en la cripta, si bien siempre estuvo bien aislado y ventilado, por lo que su estado fue mucho mejor que el de su hijo Alfonso. Además, junto a su cuerpo se encontraron restos muy fragmentarios de otra persona (Isabel de Portugal), junto a un lápiz de carpintero y huesos de jabalí. Se sabe que, al igual que ocurrió en el Panteón Real de San Isidoro, la Cartuja de Miraflores resultó asaltada por las tropas francesas, que profanaron las tumbas reales y robaron lo que allí pudieron encontrar. De ahí que los restos de la reina Isabel de Portugal hayan sido mutilados.

¿De quién era ese rostro?

Las crónicas siempre han descrito a Enrique IV como un hombre terriblemente feo. Los historiadores no ahorraron descalificaciones para dibujar la apariencia física y el espíritu moral del hermanastro de Isabel. Así le describía, por ejemplo, el cronista y escritor del siglo XV Alonso de Palencia: «Sus ojos feroces, de un color que ya por sí demostraba crueldad, siempre inquietos en el mirar, revelaban con su movilidad excesiva la suspicacia o la amenaza; la nariz deforme, aplastada, rota en su mitad a consecuencia de una caída que sufrió en la niñez, le daba gran semejanza con el mono; ninguna gracia prestaban a la boca sus delgados labios; afeaban el rostro los anchos pómulos, y la barba, larga y saliente, hacía parecer cóncavo el perfil de a cara, cual si se hubiese arrancado algo de su centro».

Pasemos ahora a lo que el estudio antropológico ha descubierto. Según los antropólogos Luis Caro y María Edén Fernández, el análisis del cráneo de Juan II demuestra que Juan II tenía la cara ligeramente torcida hacia el lado izquierdo. Tenía la cara alta y no muy ancha, así como una nariz grande y de gran jiba, junto unos senos maxilares inflamados alrededor de la nariz, en particular el izquierdo. Sin embargo, lo más característico de la cara de Juan II es su nariz deforme a consecuencia de un traumatismo ocurrido en su infancia, que provocó la desviación del tabique nasal hacia el lado izquierdo y una laterorrinia externa del apéndice nasal hacia el lado derecho. Se puede decir que este aspecto facial es característico y define la cara de Juan II. La lesión ha tenido consecuencias en cuanto al desarrollo interno de los cornetes nasales, impidiéndole respirar con normalidad por la nariz y afectó también al desarrollo facial izquierdo, que presenta hipoplasia.

Fracturas

Un segundo hecho importante es la fractura de su escápula izquierda, ocurrida cuando era adulto. Esta rotura no fue corregida y le dejó secuelas de por vida, secuelas que afectaron a la movilidad del hombro y brazo izquierdo, lo que le obligó a ser diestro funcional. Junto a estos, Juan II presenta un tercer defecto que afecta al sacro, como resultado de una variabilidad anatómica congénita denominada enderezamiento del sacro, consistente tanto en la disminución de la cifosis sacra, como del ángulo lumbosacro. En una palabra, este defecto le habría impedido sentarse correctamente. Asimismo, el estudio antropológico muestra que el rey fue muy alto (1,79 centímetros) y su defunción ocurrió a una edad entre los 47 y los 50 años. No existen indicios claros que puedan señalar la causa, pero puede afirmarse que se trató de un proceso agudo, no crónico, y que, por tanto, no dejó evidencia en los huesos. Poco más puede precisarse acerca de su muerte, si bien las crónicas señalan que padeció fiebres cuartanas dobles (malaria), que le dejaron grandes secuelas. Aunque se recuperó, murió finalmente en Valladolid el 22 de julio de 1454 con 49 años, desde donde fue llevado a Miraflores.

El infante rey

En el caso del infante rey Alfonso, las conclusiones de Luis Caro subrayan la coincidencia de los hechos históricos y del análisis antropológico. Así, el estudio precisa que al morir tenía una estatura estimada de 165 centímetros, muy alta para su edad, por lo que, en edad adulta, podría haber alcanzado los 180 centímetros.

El cráneo estaba destruido, desintegrado, debido a las malas condiciones del enterramiento. El hecho de que los restos se encuentren en su enterramiento original permitió recuperar, no obstante, numerosas piezas esqueléticas que, de otro modo, se habrían perdido en sucesivas reducciones de restos o por cambios de lugar. Estas pequeñas piezas son las que permitieron definir la edad, el sexo y la estatura con gran precisión, con lo que está fuera de toda duda que se trata de Alfonso de Trastámara. Luis Caro destaca que existe un hecho sobresaliente y misterioso: la existencia en el sarcófago de un dedo gordo del pie perteneciente a una mujer adulta cuya procedencia resulta, al menos de momento, imposible.

FUENTE
FANJUL, Cristina. Un estudio leonés cuestiona toda la historia oficial de Isabel I y Enrique IV
[en línea]. [León]: Diario de León, 2007 [Consulta: 02/09/2007]. http://www.diariodeleon.es/inicio/noticia.jsp?CAT=113&TEXTO=6107205

IMÁGEN
ORDÓÑEZ, Félix. Sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal en la monumental Cartuja de Miraflores [en línea]. [Castilla y León]: Canal Castilla y León, 2007. http://canales.nortecastilla.es/canales_provinciales/php2/web/index.php?portal=5&noticia=2145

8 comentarios:

Anguloscuro dijo...

Hola Victor.
Pues la verdad es que resulta chocante el artículo y su titular. Me da que el gran descubrimiento histórico se refiere a que el feo, en realidad, era Juan II. Realmente, esto va a cambiar toda la historiografía sobre la época... :-S.
Me llama la atención también en el artículo, la referencia al ordinal de los Alfonsos, tema al que dediqué un artículo en mi blog. Mucho me temo, que los historiadores de la época le hubieran puesto el XIII, a tenor de lo que he visto en el Alcazar de Segovia, como explico en el post de vualta de vacaciones.
En fin, menudo lio. Un cordial saludo.

Víctor Vela dijo...

Jejeje, el lenguaje periodístico en muchas ocasiones peca de espectacular.
Respecto a lo de los ordinales, es un tema que considero bastante complejo, ya que no termino de encontrarle la lógica.
Un saludo para tí.

Anónimo dijo...

por lo que yo entiendo, según lo leído, es que pudiera ser q el allí enterrado no fuera Juan II, sino su hijo Enrique.

Un saludo

Víctor Vela dijo...

Eso es lo que se sospechaba, pero el estudio confirma que los restos son de Juan II.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Lee entre líneas el artículo. Allí está la respuesta.

un saludo.

Víctor Vela dijo...

Supongo que te referirás a que la descripción física de la reconstrucción de los restos de Juan II, se acercan a la grotesca descripción que dan las fuentes escritas sobre Enrique IV. En el caso de que se tratara realmente de Enrique IV, puede haber:
1. Un error en el estudio antropológico.
2. Un error en la redacción del artículo periodístico.
Yo había dado, en este caso, un márgen de confianza al artículo.

Víctor Vela dijo...

Eso sí, dando también por válida la fuente de Alfonso de Palencia. Ya que se convirtió en detractor de Enrique a partir de 1468.

Anónimo dijo...

Con lo que se ha estudiado según el artículo, que son los restos de Juan, de Isabel y de Alfonso, no se puede decidir si es Juan o Enrique. Se necesitan más pruebas genéticas de otras personas que no han sido estudiadas para resolver la incógnita.

Un saludo