Las cosas suplicadas e que Vuestras Altezas dan e otorgan a don Christoval de Colon, en alguna satisfacion de lo que ha descubierto en las Mares Oceanas y del viage que agora, con el ayuda de Dios, ha de fazer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que se siguen:
Febrero y Marzo de 1493
Señor, porque sé que habréis placer de la gran victoria que Nuestro Señor me ha dado en mi viaje, vos escribo ésta, por la cual sabréis como en 33 días pasé de las islas de Canaria a las Indias con la armada que los ilustrísimos rey y reina nuestros señores me dieron, donde yo hallé muy muchas islas pobladas con gente sin número; y de ellas todas he tomado posesión por Sus Altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho. A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador a conmemoración de Su Alta Majestad, el cual maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción; a la tercera Fernandina; a la cuarta la Isabela; a la quinta la isla Juana, y así a cada una nombre nuevo. Cuando yo llegué a la Juana, seguí yo la costa de ella al poniente, y la fallé tan grande que pensé que sería tierra firme, la provincia de Catayo. Y como no hallé así villas y lugares en la costa de la mar, salvo pequeñas poblaciones, con la gente de las cuales no podía haber habla, porque luego huían todos, andaba yo adelante por el dicho camino, pensando de no errar grandes ciudades o villas; y, al cabo de muchas leguas, visto que no había innovación, y que la costa me llevaba al setentrión, de adonde mi voluntad era contraria, porque el invierno era ya encarnado, y yo tenía propósito de hacer de él al austro, y también el viento me dio adelante, determiné de no aguardar otro tiempo, y volví atrás hasta un señalado puerto, de adonde envié dos hombres por la tierra, para saber si había rey o grandes ciudades. Anduvieron tres jornadas, y hallaron infinitas poblaciones pequeñas y gente sin número, mas no cosa de regimiento; por lo cual se volvieron.
Yo entendía harto de otros Indios, que ya tenía tomados, como continuamente esta tierra era isla, y así seguí la costa de ella al oriente ciento y siete leguas hasta donde hacía fin. Del cual cabo vi otra isla al oriente, distante de esta diez y ocho leguas, a la cual luego puse nombre la Española y fui allí, y seguí la parte del setentrión, así como de la Juana al oriente, 188 grandes leguas por línea recta; la cual y todas las otras son fertilísimas en demasiado grado, y ésta en extremo. En ella hay muchos puertos en la costa de la mar, sin comparación de otros que yo sepa en cristianos, y hartos ríos y buenos y grandes, que es maravilla. Las tierras de ella son altas, y en ella muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Tenerife; todas hermosísimas, de mil fechuras, y todas andables, y llenas de árboles de mil maneras y altas, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la hoja, según lo puedo comprehender, que los ví tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España, y de ellos estaban floridos, de ellos con fruto, y de ellos en otro término, según es su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pajaricos de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o ocho maneras, que es admiración verlas, por la deformidad hermosa de ellas, mas así como los otros árboles y frutos e hierbas. En ella hay pinares a maravilla y hay campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas maneras de aves, y frutas muy diversas.
En las tierras hay muchas minas de metales, y hay gente en estimable número. La Española es maravilla; las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas, y las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos de la mar aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes, y buenas aguas, los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutos e hierbas hay grandes diferencias de aquellas de la Juana. En ésta hay muchas especierías, y grandes minas de oro y do otros metales.
La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese.
Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas aunque, cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de dos castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían, mucho más; ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían, aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón filado. Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas tomaban, y daban lo que tenían como bestias; así que me pareció mal, y yo lo defendí, y daba yo graciosas mil cosas buenas, que yo llevaba, porque tomen amor, y allende de esto se hagan cristianos, y se inclinen al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la nación castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de las cosas que tienen en abundancia, que nos son necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo, y creían muy firme que yo con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y esto no procede porque sean ignorantes, y salvo de muy sutil ingenio y hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan que de todo; salvo porque nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos.
Y luego que llegué a Indias, en la primera isla que hallé tomé por fuerza algunos de ellos, para que deprendiesen y me diesen noticia de lo que había en aquellas partes, así fue que luego entendieron, y nos a ellos, cuando por lengua o señas; y estos han aprovechado mucho. Hoy en día los traigo que siempre están de propósito que vengo del cielo, por mucha conversación que hayan habido conmigo; y éstos eran los primeros a pronunciarlo adonde yo llegaba, y los otros andaban corriendo de casa en casa y a las villas cercanas con voces altas: venid, venid a ver la gente del cielo; así, todos, hombres como mujeres, después de haber el corazón seguro de nos, venían que no quedaban grande ni pequeño, y todos traían algo de comer y de beber, que daban con un amor maravilloso. Ellos tienen en todas las islas muy muchas canoas, a manera de fustas de remo, de ellas mayores, de ellas menores; y algunas son mayores que una fusta de diez y ocho bancos. No son tan anchas, porque son de un solo madero; mas una fusta no terná con ellas al remo, porque van que no es cosa de creer. Y con éstas navegan todas aquellas islas que son innumerables, y tratan sus mercaderías. Alguna de estas canoas he visto con 70 y 80 hombres en ella, y cada uno con su remo.
En todas estas islas no vi mucha diversidad de la hechura de la gente, ni en las costumbres ni en la lengua; salvo que todos se entienden, que es cosa muy singular para lo que espero que determinaran Sus Altezas para la conversión de ellos a nuestra santa fe, a la cual son muy dispuestos.
Ya dije como yo había andado 107 leguas por la costa de la mar por la derecha línea de occidente a oriente por la isla de Juana, según el cual camino puedo decir que esta isla es mayor que Inglaterra y Escocia juntas; porque, allende de estas 107 leguas, me quedan de la parte de poniente dos provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Avan, adonde nace la gente con cola; las cuales provincias no pueden tener en longura menos de 50 o 60 leguas, según pude entender de estos Indios que yo tengo, los cuales saben todas las islas.
Esta otra Española en cierco tiene más que la España toda, desde Colibre, por costa de mar, hasta Fuenterrabía en Viscaya, pues en una cuadra anduve 188 grandes leguas por recta línea de occidente a oriente. Esta es para desear, y vista, para nunca dejar; en la cual, puesto que de todas tenga tomada posesión por Sus Altezas, y todas sean más abastadas de lo que yo sé y puedo decir, y todas las tengo por de Sus Altezas, cual de ellas pueden disponer como y tan cumplidamente como de los reinos de Castilla, en esta Española, en el lugar más convenible y mejor comarca para las minas del oro y de todo trato así de la tierra firme de aquí como de aquella de allá del Gran Can, adonde habrá gran trato y ganancia, he tomado posesión de una villa grande, a la cual puse nombre la villa de Navidad; y en ella he hecho fuerza y fortaleza, que ya a estas horas estará del todo acabada, y he dejado en ella gente que abasta para semejante hecho, con armas y artellarías y vituallas por más de un ano, y fusta, y maestro de la mar en todas artes para hacer otras, y grande amistad con el rey de aquella tierra, en tanto grado, que se preciaba de me llamar y tener por hermano, y, aunque le mudase la voluntad a ofender esta gente, él ni los suyos no saben que sean armas, y andan desnudos, como ya he dicho, y son los más temerosos que hay en el mundo; así que solamente la gente que allá queda es para destruir toda aquella tierra; y es isla sin peligros de sus personas, sabiéndose regir.
En todas estas islas me parece que todos los hombres sean contentos con una mujer, y a su mayoral o rey dan hasta veinte. Las mujeres me parece que trabajan más que los hombres. Ni he podido entender si tienen bienes propios; que me pareció ver que aquello que uno tenía todos hacían parte, en especial de las cosas comederas.
En estas islas hasta aquí no he hallado hombres monstrudos, como muchos pensaban, mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se crían adonde hay ímpeto demasiado de los rayos solares; es verdad que el sol tiene allí gran fuerza, puesto que es distante de la línea equinoccial veinte y seis grados. En estas islas, adonde hay montañas grandes, allí tenía fuerza el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre, y con la ayuda de las viandas que comen con especias muchas y muy calientes en demasía. Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla Quaris, la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana. Estos tienen muchas canoas, con las cuales corren todas las islas de India, y roban y toman cuanto pueden; ellos no son más disformes que los otros, salvo que tienen costumbre de traer los cabellos largos como mujeres, y usan arcos y flechas de las mismas armas de cañas, con un palillo al cabo, por defecto de hierro que no tienen. Son feroces entre estos otros pueblos que son en demasiado grado cobardes, mas yo no los tengo en nada más que a los otros. Estos son aquellos que tratan con las mujeres de Matinino, que es la primera isla, partiendo de España para las Indias, que se halla en la cual no hay hombre ninguno. Ellas no usan ejercicio femenil, salvo arcos y flechas, como los sobredichos, de cañas, y se arman y cobijan con launes de arambre, de que tienen mucho.
Otra isla hay, me aseguran mayor que la Española, en que las personas no tienen ningún cabello. En ésta hay oro sin cuento, y de ésta y de las otras traigo conmigo Indios para testimonio.
En conclusión, a hablar de esto solamente que se ha hecho este viaje, que fue así de corrida, pueden ver Sus Altezas que yo les daré oro cuanto hubieren menester, con muy poquita ayuda que Sus Altezas me darán; ahora, especiería y algodón cuanto Sus Altezas mandarán, y almástiga cuanta mandarán cargar, y de la cual hasta hoy no se ha hallado salvo en Grecia en la isla de Xío, y el Señorío la vende como quiere, y ligunáloe cuanto mandarán cargar, y esclavos cuantos mandarán cargar, y serán de los idólatras; y creo haber hallado ruibarbo y canela, y otras mil cosas de sustancia hallaré, que habrán hallado la gente que yo allá dejo; porque yo no me he detenido ningún cabo, en cuanto el viento me haya dado lugar de navegar; solamente en la villa de Navidad, en cuanto dejé asegurado y bien asentado. Y a la verdad, mucho más hiciera, si los navíos me sirvieran como razón demandaba.
Esto es harto y eterno Dios Nuestro Señor, el cual da a todos aquellos que andan su camino victoria de cosas que parecen imposibles; y ésta señaladamente fue la una; porque, aunque de estas tierras hayan hablado o escrito, todo va por conjectura sin allegar de vista, salvo comprendiendo a tanto, los oyentes los más escuchaban y juzgaban más por habla que por poca cosa de ello. Así que, pues Nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros ilustrísimos rey e reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas, y dar gracias solemnes a la Santa Trinidad con muchas oraciones solemnes por el tanto ensalzamiento que habrán, en tornándose tantos pueblos a nuestra santa fe, y después por los bienes temporales; que no solamente la España, mas todos los cristianos ternán aquí refrigerio y ganancia.
Esto, según el hecho, así en breve.
Fecha en la carabela, sobre las islas de Canaria, a 15 de febrero, año 1493.
Hará lo que mandaréis
El almirante.
Después de ésta escrita, y estando en mar de Castilla, salió tanto viento conmigo sur y sureste, que me ha hecho descargar los navíos. Pero corrí aquí en este puerto de Lisboa hoy, que fue la mayor maravilla del mundo, adonde acordé escribir a Sus Altezas. En todas las Indias he siempre hallado los temporales como en mayo; adonde yo fui en 33 días, y volví en 28, salvo que estas tormentas me han detenido 13 días corriendo por este mar. Dicen acá todos los hombres de la mar que jamás hubo tan mal invierno ni tantas pérdidas de naves.
Fecha a 4 días de marzo
IMÁGENES
Cristóbal Colón
Firma de Cristóbal Colón
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Gabriel de Espinosa, el pastelero que suplantó a un rey |
Al morir en 1557 Juan III de Portugal, le sucedió en el trono su nieto don Sebastián, que tenía sólo tres años de edad, quedando como regente su abuela Catalina, hermana de Carlos I de España.
El caso es que , según crecía, fue desarrollándose en el joven monarca un obsesivo afán de rememorar los tiempos de las Cruzadas y, en concreto, de dirigir una contra los musulmanes del norte de África.
Con este propósito se reúne con su tío Felipe II en Guadalupe para intentar convencerle de que se una a la empresa, pero éste no se aviene.
No se desanimapor el desaire de su tío y sigue con sus planes. Con mucho esfuerzo consigue reunir un ejército de 17.000 hombres, la mayoría sin experiencia militar, partiendo de Lisboa en junio de 1578. Una vez desembarcado se mantiene varias semanas dudando si asediar o no la ciudad de Larache. Mientras tanto, el rey de Marruecos, Abd el-Malik, organiza un ejército de 70.000 hombres.
El 4 de agosto, en las llanuras de Alcazarquivir (Ksar-el-Kebir), se enfrentaron los dos ejércitos en desigual combate. Ni qué decir tiene que al cabo de un rato no quedaba ningún portugués vivo. Ni siquiera su rey, del que nunca más se supo.
Al morir don Sebastián sin sucesión, el trono recayó, dos años después y tras algunos avatares, en Felipe II de España, que unió así, en su persona, todos los territorios ibéricos y que, unidos a las posesiones ultramarinas de ambas naciones daría pie al dicho de que en sus reinos nunca se ponía el sol.
La aureola caballeresca que rodeó en vida a don Sebatián y el hecho de que su cadáver nunca apareciera tras la batalla de Alcazarquivir dio origen a que surgiera tanto en España como en Portugal la idea de que no había muerto, sino que, escapado providencialmente de la matanza, vivía en algún lugar de Europa, disfrazado y cumpliendo en secreto un voto de penitencia.
Aprovechando esta coyuntura surgieron aquí y allá ciertos personajes que decían ser don Sebastián. Se conoce el nombre de varios de ellos, pero ninguno tan famoso como Gabriel de Espinosa, más conocido como el Pastelero de Madrigal.
Este individuo, natural de Toledo, vivía hacia 1590 en la villa abulense de Madrigal, donde ejercía el oficio de pastelero. También en Madrigal vivía, desterrado de su patria, un fraile agustino portugués, fray Miguel de los Santos. Este fraile al conocer a Gabriel le encontró un gran parecido con don Sebastián, por lo que urdió una trama con la que el pastelero estuvo de acuerdo.
Aprovechando, además, que en el convento del que era capellán estaba recluida a la fuerza doña Ana de Austria, hija natural de don Juan de Austria, el plan del fraile consistía no sólo en hacer pasar a Gabriel por el rey desaparecido, sino también en casar a éste con doña Ana y trasladarlos en secreto a Portugal. Doña Ana, cuya vocación de monja era nula y haría lo que fuera con tal de salir del convento, también se avino.
Pero el secreto no lo fue tanto, y hasta Madrigal llegaron algunos nobles portugueses que reconocieron en Gabriel a su añorado don Sebastián. Felipe II no dio importancia a estos viajes en un principio, pero no tuvo más remedio que hacerlo cuando la falsa noticia de que don Sebastián estaba vivo amenazó con desestabilizar su reino portugués.
El asunto terminó como solían terminar estos casos: Gabriel, ahorcado en Medina del Campo; fray Miguel, ahorcado en la Plaza Mayor de Madrid, y doña Ana trasladada a otro convento en Ávila, más riguroso, donde murió.
J.I. de Arana Historias curiosas de las guerrasMadrid.Espasa Calpe.2001.
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Charles de Batz de Castelmore: El mosquetero D´Artagnan |
Todos conocemos, o hemos oído hablar del mosqutero D´Artagnan por la ilustre novela "Los Tres Mosqueteros" de Alejandro Dumas. Lo que ya no solemos conocer es que este personaje existió en la realidad y que la famosa novela del XIX está basada en una biografía panegérica del XVIII llamada "Memorias de señor D'Artagnan, teniente capitán de la primera compañía de los Mosqueteros del Rey" y escrita por Gatien de Courtilz de Sandras, un ensayista y ex compañero de armas del personaje, en 1700.
El que popularmente conocemos como el mosquetero D´Artagnan, fue Charles de Batz de Castelmore, Conde de Artagnan, nació alrededor del año 1613 (algunos dan un margen de una década, entre 1610 y 1620, sin concretar), en el castillo ancestral de su padre, el castillo de Castelmore, en la comunidad de Lupiac, cantón de Aignan, en Armagnac (Gascuña). Su padre era Bertrand de Batz de Castelmore, y su madre Françoise de Montesquiou, hija del señor d'Artagnan en Bigorra. Es pues de su familia materna que el futuro mosquetero tomará prestado su nombre de "D'Artagnan".
En 1640, subió a París para reunirse con sus tres hermanos, todos haciendo carrera en el ejército como muchos otros Gascones, muy preciados por sus cualidades militares.
Cadete en el regimiento de las Guardias Francesas, en la Compañía del Capitán des Essarts, cuñado del bearnés Conde de Tréville, que ostentaba el mando de la Compañía de los Mosqueteros del Rey.
De 1640 a 1642, D'Artagnan participa en las distintas operaciones militares de Arras, Aire, Bapaume, de Collioure y de Perpiñán.
En 1644, entra en la Compañía de los Mosqueteros del Rey, donde ya se halla incorporado su hermano Paul, luego pasa en 1646 al servicio del Cardenal Mazarino, el cual será durante toda su vida, un verdadero y fiel protector.
Es en 1658 cuando D'Artagnan adquiere su título de subteniente de los Mosqueteros, tropas de élite de las cuales obtiene la dirección.
Hombre de confianza y caballero infatigable, recibirá de Mazarino su ascenso de Capitán en el Regimiento de las Guardias. Con ese grado participará en las distintas operaciones militares que se realizan en la guerra franco-española, en los Países Bajos y en el asedio de Stenay.
Su situación en la corte le obliga a contraer matrimonio. Es en uno de esos aristocráticos salones del Marais, que frecuenta con asiduidad, que conocerá a una rica viuda, Charlotte-Anne de Chancely, Dama de Sainte-Croix. A ese lustroso matrimonio le precede, el 5 de marzo de 1659, el contrato matrimonial con las firmas del rey Luis XIV, del Cardenal Mazarino, el Duque Antoine III de Gramont, Mariscal de Francia, y François de Besmaux, Gobernador de La Bastilla (y compatriota de D'Artagnan).
Tuvo el privilegio de dirigir la escolta de la comitiva real, atravesando su país natal, para ir de camino a San Juan de Luz, donde el rey iba a matrimoniar con la infanta española Maria Teresa de Austria, hija del rey Felipe IV de España.
Dos meses después, encabezando a los Mosqueteros, participó a las fastuosas ceremonias celebrando el real enlace en la capital francesa.
Fue sobre la orden del rey que D'Artagnan arrestó al superintendente de Finanzas Nicolas Fouquet, el 4 de septiembre de 1661. Delicada misión de la cual salió aireoso, felicitándole Luis XIV por su buen hacer.
En 1665, obtiene una comisión que le otorga el mando de la Iª Compañía de los Grandes Mosqueteros del Rey. En 1667, recibía el cargo más ilustre del Reino, el de Capitán de esa compañía con autoridad sobre el conjunto de los Mosqueteros del Rey. También le conceden las funciones de gobernador de la ciudad de Lille, reemplazando al mariscal-duque de Humières.
Durante la campaña de Holanda, conducida por el rey en persona, Maastricht, principal ciudad de Brabante, fue asediada y tomada.
El 25 de junio de 1673, D'Artagnan, llamado en refuerzo, encontraría la muerte al frente de sus tropas en el curso de un violento asalto en el sitio de Maastricht, durante la Guerra Franco-Holandesa. Recibió una bala en plena garganta.
Al llegarle la noticia de su muerte, Luis XIV lloró a su valeroso mosquetero y alabó sus méritos.
El final heróico y el carácter extraordinario de ese gascón, le valieron esa reflexión:"D'Artagnan y la Gloria tienen el mismo ataúd."
La Familia Real Francesa le rindió un último homenaje, un año después de su muerte. Sus dos hijos, de 14 y 13 años, fueron bautizados por el obispo Bossuet en persona. El primogénito fue apadrinado por el Rey y la Reina. El menor, por el Gran Delfín y la Duquesa de Montpensier.
Visto en: Retratos de la Historia
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Acta de Independencia del Perú |
El general don José de San Martín tras ocupar Lima reunió al Cabildo Abierto el 15 de julio de 1821.
Don Manuel Pérez de Tudela, futuro Ministro de Relaciones Exteriores, redactó el Acta de la Independencia, que fue suscrita por las personas notables de la ciudad:
"En la ciudad de Los Reyes, el quince de Julio de mil ochocientos veintiuno. Reunidos en este Excmo. Ayuntamiento los señores que lo componen, con el Excmo. e Ilmo. Señor Arzobispo de esta santa Iglesia Metropolitana, prelados de los conventos religiosos, títulos de Castilla y varios vecinos de esta Capital, con el objeto de dar cumplimiento a lo prevenido en el oficio del Excmo. Señor General en jefe del ejercito Libertador del Perú, Don José de San Martín, el día de ayer, cuyo tenor se ha leído, he impuesto de su contenido reducido a que las personas de conocida probidad, luces y patriotismo que habita en esta Capital, expresen si la opinión general se halla decidida por la Independencia, cuyo voto le sirviese de norte al expresado Sr. General para proceder a la jura de ella. Todos los Srs. concurrentes , por sí y satisfechos, de la opinión de los habitantes de la Capital, dijeron: Que la voluntad general está decidida por la Independencia del Perú de la dominación Española y de cualquiera otra extrajera y que para que se proceda a la sanción por medio del correspondiente juramento, se conteste con copia certificada de esta acta al mismo Excmo. y firmaron los Srs.: El Conde de San Isidro- Bartolomé, Arzobispo de Lima, Francisco Javier de Zárate- El Conde de la Vega de Ren- El Conde de las Lagunas-Toribio Rodriguez-Javier de Luna Pizarro-José de la Riva Aguero-El marquez de Villa fuerte ..".
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Armar la de San Quintín |
El origen de esta frase hecha tan utilizada, lo debemos buscar en la España de tiempos de Felipe II.
Hace referencia a la conocida como batalla de San Quintín librada en 1556 durante los primeros años del reinado de Felipe II y encuadrada en el conflicto mantenido por las monarquías francesa y española sobre Flandes.
Nápoles, invadido por Enrique I, duque de Guisa para la monarquía francesa, tuvo su contestación en el mandato de Felipe II para que las tropas españolas situadas en los los Países Bajos
españoles invadieran la Francia de Enrique II, asediando San Quintín.
Al parecer se libró una cruenta batalla que se cobró muchas vidas de ambos bandos cuando tropas francesas fueron enviadas a levantar el asedio.
Finalmente, las tropas españolas vencieron a las francesas y consiguieron la rendición de San Quintín. Posteriormente, en 1558, las tropas de Felipe II volverán a vencer en la batalla de las Gravelinas, forzando a Francia la firma de la Paz de Cateau-Cambresis en 1559.
En conmemoración a este triunfo, Felipe II mandará construir San Lorenzo del Escorial.
Hoy día esta frase se utiliza para describir alguna pendencia o riña muy violentas.











