El problema judeoconverso en la España de la segunda mitad del siglo XV

Entraron, ¡oh Señor!, en tu rebaño los lobos rapaces. Nadie piensa en los pérfidos judíos que blasfeman tu nombre”. Esta frase escrita por el franciscano Alonso de Espina en su obra Fortalitium Fidei, a mitad del siglo XV, ilustra muy bien la opinión tenida sobre los conversos por la mayoría cristiana de la época.
La comunidad judía española jugó un papel importante en el desarrollo histórico, no sólo por su considerable número, sino, en mayor medida, por su significación social. Desde el medievo ocupaban importantes puestos en la vida burguesa urbana, y entre sus actividades, además de las muy conocidas como hombres de negocios, también destacó la onomástica hebrea entre filósofos, poetas y hombres de ciencia, dedicándose a las llamadas profesiones liberales (ejerciendo casi un monopolio en algunas como la medicina) y, aunque la mayoría eran pequeños tenderos y artesanos, no pocos fueron útiles funcionarios de los monarcas, de los que obtuvieron favores y protección.
El origen del fenómeno de las conversiones en masa, y por tanto la adquisición de importancia de la comunidad conversa (fenómeno típicamente hispano), se puede fijar en el siglo XIV con la llamada “Crisis Bajomedieval”, los judíos fueron acusados de todos los males que atravesaba la sociedad, por ser los tradicionales asesinos de Cristo. Hasta 1331, fueron víctimas de progroms, asaltos a las juderías y asesinatos, por lo que muchos vieron el bautismo como medio para salvar la vida. Ésto llevó consigo un aumento monumental del número de conversos. Bien por interés o por convicción, gran parte de los integrantes de la comunidad judía pasaron a convertirse en judeoconversos o cristianos nuevos.
A lo largo del siglo XV, la cierta asimilación en la comunidad de su nueva fé, les permitió de nuevo asentarse en cargos de importancia que ocuparon sus predecesores que ahora tenían vedado el acceso desde el judaísmo y llegando, en algunos casos, a detentar altos cargos eclesiásticos.
Sus ideas religiosas variaron al abrazar la nueva fé: unos continuaron practicando el judaísmo clandestinamente, otros cayeron en el escepticismo y otros llegaron a fanatizar con la religión de Cristo. Aún así, la opinión general de los cristianos viejos, no varió como se comprueba en la cita de Alonso de Espina, ya que, para esta comunidad, todos eran indeseables, no sólo por las dudas sobre su sincera conversión, sino por la envidia que despertaba su elevada posición social.
1478 Será el año en que se da origen a la Inquisición moderna con la bula papal de Sixto IV. El Tribunal del Santo Oficio, en España, sería una inquisición pontificia, no episcopal y comenzaría a funcionar en la Castilla de 1480 controlada por los dominicos. Los conversos viendo peligrar su situación comenzarán una dura batalla ante el Papa para que la inquisición vuelva a ser episcopal y en el caso de Aragón por el desafuero que suponía su implantación. Con la llegada de Inocencio VII comenzará una nueva etapa para la Inquisición española de la mano de Tomás de Torquemada, que para muchos autores como Lisón Tolosana, era un converso fanático.
En la primera etapa, diez mil judaizantes fueron condenados, desesperados tramaron conspiraciones y actos transgresivos como la del asesinato del inquisidor Pedro de Arbués en la catedral de La Seo en Zaragoza, según Domínguez Ortiz, planeado por conversos de alto rango marcando el motivo religioso, según Colás por el motivo del desafuero con la introducción de la Inquisición en Aragón, marcando más el motivo político.
La Inquisición no podía actuar contra los judíos, ya que carecía de autoridad sobre lo no bautizados, pero sí sobre los conversos que no pocos serán, bien por la vuelta a la práctica de su antigua fé o bien víctimas de delaciones o ajustes de cuentas por el recelo de la comunidad de cristianos viejos, juzgados, torturados y condenados acusados de judaizantes, criptojudíos ó marranos por citar algunos nombres. Se usaban pruebas de bajo valor probatorio para la acusación de judaizar, hechos como la celebración de fiestas hebraicas como la Pascua de Cabañuelas, practicar la circuncisión o adoctrinar a tú hijo en la ley de Moisés; o incluso ponerse ropa interior limpia los sábados, bañarse los días de ayuno, rezar los salmos de David, no comer cerdo o la utilización culinaria del aceite de oliva.
La mayoría eran absueltos o sufrían penas menores, hay que matizar que la actuación fue bastante heterogénea dependiendo de la región existiendo casos como el exterminio de la familia de Luis Vives. Las penas capitales, por lo general, se solían aplicar en casos de reincidencia, ya que el reo desde la absolución era vigilado.
Existió también una diferencia de opiniones en el seno de la monarquía: mientras que para Isabel, era únicamente un problema religioso, Fernando, más pragmático, se apoyó en funcionarios conversos para repartir los cargos de su corte, los Santangel, Pérez de Almazán, López Cochinillos, Hernando de Zafra o el cronista Hernando del Pulgar, gozaban del favor real suponiendo el contrapunto de otros muchos conversos víctimas de la represión inquisitorial. La Inquisición para Fernando, más que un guardián de la ortodoxia supuso un instrumento de dominio y una fuente de ingresos.
En torno a este tema de estudio, se da lugar a un debate historiográfico. Muchos autores piensan que la cuestión religiosa del problema judío fue solo un pretexto, siendo la Inquisición creada por los reyes con el objetivo de destruir una clase social prepotente y aprovecharse así de sus despojos; otros, como Domínguez Ortiz, defiende que esta opinión es insostenible, ya que la Corona siempre halló eficaces auxiliares en judíos y conversos y el botín que pudiera ocasionar no compensaba la pérdida permanente de riqueza, así que apoya su opinión en el resentimiento social hacia los judíos y los nuevos cristianos. Era pues un problema de orden público, que había despertado sucesos violentos especialmente en Andalucía siendo apoyados por la nobleza.
La minoría conversa continuó con las negociaciones con Roma, apoyándose en grandes sumas de dinero ante unos inflexibles Reyes Católicos, poniendo entonces sus esperanzas en el advenimiento del posible reinado de Felipe “el Hermoso” y desesperándose tras su temprana muerte. Intrigaron en círculos cercanos a Carlos de Gante y participaron en el movimiento comunero, pero sin éxitos. Poco a poco disminuía el número de judaizantes bien por las conversiones o pr la actuación de la Inquisición, y la invención en Castilla de los Estatutos de Limpieza de Sangre, adoptado por las órdenes militares, colegios mayores y muchos cabildos, supondrá un nuevo obstáculo a la integración.
Finalmente, la expulsión de los judíos en 1492, cuya finalidad era evitar la tentación de los conversos de volver a su antigua fé, pondrá un punto final a la convivencia en la multicultural España para la comunidad hebrea declarada. Siguiendo el ejemplo de otros países que la pusieron en práctica mucho antes como Inglaterra en 1290 y en Francia en 1394 y recibiendo loas al buen gobierno por parte de los umanisti como Maquiavelo, Guicciardini, Pico della Mirandola ó Erasmo que rechazó la invitación de residir en España porque según escribió, “España es un país de judíos”.

Víctor Vela. Universidad de Zaragoza.
Bibliografía
DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. El Problema Judío. Madrid. Historia 16. n° especial Diciembre 1976, pp. 37-47.
LISÓN TOLOSANA, C. Judíos, inquisidores y política en torno al tiempo de la Reina Católica. Breves Notas Comparativas. Alicante. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 2005.
COLÁS LATORRE, G y SALAS AUSÉNS, J.A. Aragón Bajo los Austrias. Zaragoza. Librería General.1977.

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